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lunes, 9 de marzo de 2026

🎬 MY LOVE AFFAIR WITH MARRIAGE

Cuando Zelma, una joven criada con la idea de que encontrar esposo es el objetivo central de su vida, inicia una serie de relaciones amorosas buscando cumplir ese ideal, comienza a descubrir que el amor, el deseo y el matrimonio no siempre coinciden con las promesas culturales que aprendió desde niña. Si no cuestiona esas expectativas, corre el riesgo de perder la posibilidad de construir una identidad y una felicidad propias.


Dir. Signe Baumane | Letonia / Luxemburgo / Estados Unidos | 2022.


¿Y si el amor romántico no fuera sólo una emoción… sino también una construcción cultural? “My Love Affair with Marriage” es una de las propuestas animadas más originales del cine reciente: un musical irreverente, inteligente y profundamente feminista que explora cómo biología, cultura y expectativas sociales moldean nuestra manera de amar.


La película sigue la vida de Zelma desde su infancia hasta la adultez en una sociedad donde el matrimonio aparece como la meta natural para las mujeres. Mientras intenta encontrar el amor y construir una vida en pareja, atraviesa diversas relaciones que confrontan sus expectativas románticas. A lo largo del relato, la historia se intercala con breves segmentos animados que explican, con humor y claridad, cómo funcionan el cerebro, las hormonas y los procesos biológicos asociados al amor, mostrando cómo esos mecanismos se entrelazan con las normas sociales sobre género y matrimonio.


Desde una mirada crítica, la película examina cómo los imaginarios culturales sobre el amor romántico han influido históricamente en la vida de las mujeres. Zelma crece escuchando que casarse es el camino hacia la estabilidad y la felicidad, pero su experiencia revela las tensiones entre esos mandatos sociales y el deseo de construir una vida auténtica. Con humor, ironía y sensibilidad, el film cuestiona los mitos del amor romántico y propone pensar el matrimonio no como destino inevitable, sino como una elección consciente.


La cineasta letona Signe Baumane es reconocida por su estilo visual provocador y por integrar reflexión feminista, autobiografía y humor en su trabajo. Su anterior largometraje animado, “Rocks in My Pockets" (2014), fue ampliamente celebrado por su exploración sobre la salud mental. Con “My Love Affair with Marriage", Baumane continúa esa línea creativa, combinando animación artesanal, la narración personal y la crítica cultural.


La película tuvo su estreno mundial en el prestigioso Tribeca Film Festival, donde recibió el Premio del Jurado a Mejor Largometraje de Animación. Posteriormente participó en numerosos festivales internacionales dedicados al cine independiente y a la animación de autor.


Uno de los mayores atractivos del film es su estilo de animación artesanal, que combina dibujo a mano con secuencias surrealistas llenas de imaginación. El guion mezcla historia personal, reflexión social y divulgación científica de manera sorprendentemente fluida. La dirección logra equilibrar humor, crítica cultural y emoción, mientras que la música y los números musicales aportan un tono lúdico que acompaña los conflictos internos de la protagonista. La edición articula con dinamismo la historia de Zelma con los segmentos científicos que explican los mecanismos del amor.


Más que una película sobre el matrimonio, “My Love Affair with Marriage” es una reflexión ingeniosa y provocadora sobre cómo aprendemos a amar, qué expectativas heredamos y qué significa realmente elegir nuestra propia vida afectiva.


Una obra animada brillante, divertida y profundamente inteligente que invita a cuestionar los mitos del amor romántico… sin perder nunca el sentido del humor. Mari Nú🎬



#Animacion #Mujeres #Directoras #AmorRomantico


martes, 3 de marzo de 2026

🎬 LA VIRGEN DE LA TOSQUERA

 

En La virgen de la tosquera, Laura Casabé transforma el verano adolescente en un territorio político donde el verdadero rito de iniciación no es el amor, ni la magia. Ambientada en la Argentina noventera, la película retrata a Natalia y su círculo de amigas atrapadas en una competencia silenciosa por ser elegidas, mientras descubren que el deseo no es libre: está organizado por jerarquías sociales. Lejos de ofrecer redención o venganza espectacular, el film apuesta por una revelación más incómoda: crecer es comprender que no controlamos el mundo, pero sí podemos mirarlo críticamente y reconocer la estructura que nos asigna un lugar.


La virgen de la Tosquera | Dir. Laura Casabé | México / Argentina | 2025

Hay adolescencias que se narran como promesa; otras, como revelación amarga. En “La virgen de la tosquera” (Argentina-México, 2025), Laura Casabé elige la segunda vía y construye un coming-of-age donde el verdadero despertar no es sexual, ni mágico, sino político.  Este film es una adaptación libre de dos relatos de Mariana Enríquez (“La virgen de la tosquera” y “El carrito”) y el guión es de la autoría de Benjamín Naishtat hilvana fino ambas historias. La película desplaza el horror de lo sobrenatural hacia la estructura misma del deseo. Lo inquietante no es que una joven crea poseer poderes; lo inquietante es descubrir que el mundo ya está organizado por fuerzas que el pensamiento mágico no puede alterar.


La historia sigue a Natalia (Dolores Oliverio), adolescente que vive con su abuela en un barrio de la periferia argentina en la década de los noventa, quizá el contexto histórico en el que la cineasta vivió su adolescencia. En esta nos ubica de manera inequívoca el diseño de producción de Marina Raggio y la dirección de arte de Soledad Guerrero, con detalles como:  las computadoras personales, los ciber cafés, el programa ¡Hola Susana!, las camisetas de tirantes delgados, los jeans baggy deslavados y sin duda, el tattoo choker de la protagonista.


En ese contexto, la vida de Natalia transcurre entre amistades ambiguas, chats de ICQ y la competencia silenciosa por la atención de Diego (Agustín Sosa), el vecino cuya elección funciona como trofeo simbólico. Cuando un accidente fortuito le da indicios a la adolescente de que puede alterar la realidad, ella comienza a entrelazar rituales y deseos, convencida de que el amor y la magia, podrían reorganizar su posición en el mundo. Sin embargo, el conflicto central no es si sus poderes existen, sino qué fuerzas sociales determinan quién vale, quién es visible y quién puede ser descartado.


Una pregunta inevitable surge: ¿cómo filma Casabé el deseo adolescente? La película parte de un dispositivo clásico: chicas que durante sus vacaciones de verano viven diferentes aventuras y todas desean ser elegidas por un varón, quien prefiere a otra mujer, pero se distancia de la economía visual tradicional. La cámara se rehúsa a convertir a Natalia, Josefina (Isabel Bracamonte) y Mariela (Candela Flores), en objetos eróticos. No hay insistencia en la exhibición complaciente, ni la objetivización de las corporalidades. Por el contrario, la imagen se adhiere a su campo perceptivo: planos a la altura de la mirada de Natalia, encuadres desde la nuca, pieles sudorosas en transición, silencios que pesan más que las palabras. El placer visual no se organiza en torno al espectáculo del cuerpo femenino, sino en torno a la experiencia de habitarlo y ese es un giro sutil y a la vez relevante.


Esto no significa que la mirada masculina desaparezca; significa que se vuelve objeto de análisis. El deseo de Natalia está estructurado por la expectativa de ser vista y validada por Diego. El varón, más que personaje complejo, funciona como eje organizador del capital simbólico del grupo. La línea proveniente del cuento homónimo: “queríamos que Diego nos eligiera”, sintetiza el dispositivo patriarcal: la elección masculina produce jerarquía femenina. La película interrumpe el placer visual tradicional al mostrar la incomodidad que genera esa lógica. La identificación de quien mira no se construye para gozar con la competencia, sino para experimentar lo desagradable de la situación. Casabé no ofrece la gratificación de la conquista; ofrece la experiencia de la espera y la frustración.


En esta versión no solo representa feminidad y masculinidad: las produce como posiciones dentro de un sistema de valor. La feminidad aparece ligada a la deseabilidad, al capital erótico, a la capacidad de ser elegida. La masculinidad, en cambio, opera como instancia evaluadora, capaz de generar conflicto, violencia horizontal y malestar con el propio cuerpo. El poder de Diego reside en la mirada que se le atribuye. Así, la película evidencia cómo el género no es esencia, sino efecto discursivo de un orden heterosexual jerárquico.


La rivalidad entre Natalia y Silvia (Fernanda Echevarría), condensa esta operación. Silvia encarna una feminidad validada: mayor en edad, experiencia, recursos económicos y autonomía. No es villana; es síntoma. Su posición revela que el sistema premia ciertos atributos y excluye otros. La violencia entre las chicas no surge de la maldad individual, sino de una estructura que convierte el deseo masculino en recurso escaso. La película no moraliza la competencia; la expone como consecuencia estructural. El silencio que atraviesa muchas escenas, miradas sostenidas o gestos mínimos, funciona como indicio de una guerra íntima que ni Natalia, Jose o Mari, han elegido del todo.


El cruce con el relato de “El carrito” amplía la lectura hacia la violencia de clase. El “ritual” de quemar el carrito y la agresión al “villero” muestran la lógica sacrificial de la comunidad: expulsar al más vulnerable para sostener una ilusión de ser muy diferente a ese “otro”, en esencia, terminar con todas las desgracias que no se miran como efecto del contexto, sino centralizar la responsabilidad en la presencia del “cartonero” y su medio de sobrevivencia. Aquí la violencia se presenta como gesto colectivo casi naturalizado. La cámara no glorifica el acto, tampoco lo dramatiza con énfasis moral. Lo muestra como parte de un ecosistema social donde la exclusión es al mismo tiempo una forma de sobrevivir.


En los relatos de Enriquez la violencia es horizontal y simbólica: humillaciones, rivalidades y silencios cómplices. Sin embargo, está imbricada con la violencia estructural. En la película de Casabe la precarización, la desigualdad creciente y la pérdida de horizonte, produce sujetos marginales. Así, en conjunto, la directora retoma de “El carrito”, el excedente sintetizado en el personaje del “villero”, persona pobre que sobrevive de recolectar y vender residuos; y de “La virgen de la tosquera”, la fragilidad de solidaridad femenina. El contexto político, económico y social en el que se cuenta la historia en el film permite confirmar que la exclusión se traduce en competencia y agresión.


La presencia de Kechu, niño hijo de la trabajadora del hogar de la abuela de Natalia, personaje que alude a una situación migratoria interna, introduce otra capa: las infancias desplazadas, las familias fragmentadas, la amenaza latente de abuso. La sospecha sobre su tío nunca se convierte en espectáculo, pero instala el temor y la desconfianza. La violencia aparece como posibilidad constante, no como evento excepcional. Esta decisión evita la explotación visual del daño y coloca el foco en la vulnerabilidad estructural de las infancias.


En comparación con relatos como “Carrie” (1974), de Brian De Palma, donde la humillación desemboca en una venganza espectacular, Casabé opta por la melancolía. No hay catarsis, ni redención punitiva. La agencia femenina es ambigua: las adolescentes toman decisiones —incluso pagan por su iniciación sexual—, pero esas decisiones ocurren dentro del mismo orden que las clasifica. La autonomía no rompe la estructura; la tensiona.


El guión privilegia el clima sobre la intriga. El ritmo moroso, la textura noventera, los sonidos ambientales, obra de la terna compuesta por Yasmina Praderas Ramírez, Laia Picón y Javier Alejandro Ruiz, crean un verano donde el tiempo parece estancado. Esa suspensión refuerza la sensación de falta de futuro. La dirección de arte no es nostalgia decorativa; es un contexto histórico. 


En este film la precarización juvenil, la informalidad estructural y la cultura digital de comparación reproducen dinámicas similares a las actuales: el cuerpo como capital, la validación masculina como recurso simbólico, la normalización de la violencia. La película no formula tesis sociológicas, pero su estructura dramática sugiere que la desigualdad produce sujetos descartables y vínculos erosionados.


El mayor logro de Casabé radica en su lucidez incómoda. No idealiza la sororidad, ni demoniza a sus personajes. Reconoce que la competencia puede ser el resultado de un sistema que restringe los recursos disponibles. Tampoco romantiza la magia: el pensamiento mágico de Natalia es metáfora de una necesidad universal en contextos de exclusión. Creer que algo puede cambiar, cuando nada parece hacerlo.


Como limitación, puede señalarse que la ambigüedad deliberada deja algunos conflictos en estado latente. Quien espere resolución narrativa contundente puede sentir insatisfacción. Sin embargo, esa falta de épica es coherente con la tesis central: crecer es aceptar el límite del deseo.


“La virgen de la tosquera” no es un relato de iniciación complaciente, sino una exploración rigurosa de cómo el patriarcado y la desigualdad social modelan la subjetividad adolescente en un contexto determinado. Su relevancia cultural radica en mostrar que la violencia unas veces estalla; mientras que otras, se infiltra en la forma en que miramos, competimos y nos valoramos.


Es una película especialmente pertinente para quienes se interesan en las propuestas de cine latinoamericano contemporáneo y narrativas sobre juventud en contextos precarizados. Pero también interpela a cualquier público dispuesto a confrontar una verdad incómoda: cuando una comunidad legitima la jerarquización de ciertos cuerpos como menos valiosos, termina reproduciendo esa lógica en todos sus vínculos. Y ese aprendizaje, más que la magia, es el verdadero rito de paso.


Maricruz Gómez


#ComingOfAge
#CineLatinoamericano
#LauraCasabé
#JuventudYDesigualdad
#CineConPerspectiva

lunes, 16 de febrero de 2026

🎬 CUMBRES BORRASCOSAS

La relectura del clásico “Cumbres borrascosas” que propone Emerald Fennell se inscribe en una tradición contemporánea de reapropiación de los clásicos desde sensibilidades críticas actuales, en este caso particularmente feminista,  sin renunciar a la densidad trágica del material original. Tras el filo irónico y perturbador de Promising Young Woman (2020) y la estilización barroca de Saltburn (2023), Fennell se acerca a la novela de Emily Brontë no para suavizar en clave romántica, sino para radicalizar su violencia emocional y leerla como una anatomía del amor entendido como estructura de poder. Estrenada en 2026 con recepción dividida, entre quienes celebraron su audacia y quienes resistieron su oscuridad, la película dialoga con debates contemporáneos sobre género, deseo y dominación, convirtiendo la relación entre Catherine y Heathcliff en un campo de fuerzas donde amor y sometimiento se confunden.


Ambientada en los páramos de Yorkshire, la historia sigue la relación obsesiva y autodestructiva entre Catherine Earnshaw y Heathcliff, un vínculo que desafía normas de clase y moralidad hasta fracturar identidades y destinos. Fennell conserva la esencia trágica de la novela: dos sujetos que se perciben como una misma sustancia o alma, pero introduce una lectura donde el amor ya no es destino metafísico sino engranaje social que produce jerarquías afectivas. El conflicto central podría formularse así: una mujer divide su deseo entre pertenecer al orden social que la reconoce y permanecer fiel a la pasión que la desborda, descubriendo que ambas opciones implican pérdida. La premisa se articula con claridad: cuando el amor se basa en posesión y dependencia, inevitablemente deviene destrucción.

Desde el punto de vista formal, Fennell opta por una puesta en escena que traduce estados afectivos en materia visual. La cinematografía privilegia encuadres cerrados y horizontes bajos que aprisionan a los cuerpos contra la tierra y el cielo, sugiriendo que la naturaleza no es libertad sino extensión del conflicto interno. Los interiores de la Granja de los Tordos, propiedad de la familia Linton,, bañados en una luz dorada casi mortuoria, contrastan con los exteriores ventosos de Cumbres Borrascosas, donde la cámara inestable y los tonos fríos inscriben el deseo en lo salvaje. El montaje alterna tiempos y espacios con una lógica de reminiscencia más que de continuidad, produciendo la sensación de que la historia es un recuerdo obsesivo que no cesa de repetirse. La música, cuerdas tensas y respiraciones amplificadas, convierte la intimidad en amenaza, subrayando que el vínculo amoroso es también campo de batalla sensorial.


La construcción del personaje de Catherine se encuentra lejos de la heroína romántica sacrificial, más bien aparece como sujeto escindido entre agencia y la captura simbólica. Aquí merece la pena reflexionar sobre la premisa: el amor, en sociedades patriarcales, funciona como recurso que las mujeres entregan y que los hombres capitalizan para su propia constitución subjetiva. Heathcliff existe, literalmente, a partir de la devoción de Catherine; su identidad se alimenta de esa energía afectiva que ella le provee. Fennell visualiza esta dinámica en escenas donde la mirada de Heathcliff se vuelve dependiente, casi infantil, mientras Catherine se descompone emocionalmente al intentar sostener simultáneamente deseo y respetabilidad social. La película no romantiza esa asimetría: la expone como economía afectiva desigual.


El film dialoga también con una noción de poder como relación productiva más que represiva. El vínculo entre Catherine y Heathcliff se construye mediante prácticas de dominación y sumisión que recuerdan una lectura del sadomasoquismo como dramatización consciente del poder: un juego de roles donde el placer surge de la circulación de control y vulnerabilidad. Fennell sugiere que la pareja se configura precisamente en esa coreografía: Catherine ejerce dominio simbólico al ser el objeto de deseo absoluto; Heathcliff ejerce dominio material al reclamarla como propiedad emocional. La dinámica tiene resonancias BDSM no en clave erótica explícita, sino estructural: ambos negocian identidad a través del sometimiento mutuo. El problema, sugiere la película, es que en el contexto social victoriano patriarcal, esa negociación nunca es simétrica.


Desde otra perspectiva, la adaptación enfatiza la dimensión de clase y alteridad racial implícita en Heathcliff, cuya otredad, no fundamentada en lo étnico en esta versión, intensifica su exclusión social. La relación con Catherine no solo transgrede normas de género, sino fronteras de estatus y pertenencia. Fennell vincula así deseo y colonialidad: Heathcliff es simultáneamente objeto de fascinación y figura abyecta, amado y rechazado por la misma estructura que lo produce como marginal. Catherine, al elegir un matrimonio respetable, internaliza ese orden jerárquico; su tragedia consiste en reconocer demasiado tarde que la movilidad social exige traicionar el vínculo que la define. La violencia no es solo interpersonal: es sistémica.


La película muestra a las mujeres conversando entre sí, pero esas conversaciones orbitan persistentemente alrededor de Heathcliff o del matrimonio, evidenciando que el universo femenino sigue estructurado por la relación con lo masculino. Por otra parte, el personaje de Catherine sufre una transformación, pero ésta está intrínsecamente ligada a la dinámica amorosa. También Fennell no evade la dependencia narrativa; la exhibe como síntoma cultural, pues fracasa deliberadamente pues aunque su enfoque es crítico, sigue organizado por el deseo masculino hacia ella, durante el film.



La película también puede leerse como sueño traumático donde los personajes repiten compulsivamente la escena primordial de separación. Los espacios como: ventanas, puertas, espejos empañados, etcétera, pueden funcionar como umbrales entre deseo y prohibición. Heathcliff encarna la pulsión que retorna; Catherine, el yo dividido entre principio de placer y realidad. La famosa declaración de identidad compartida se transforma aquí en imposibilidad de individuación: amarse equivale a disolverse. El espectador queda situado en posición voyeurística incómoda, cómplice de una intimidad que es a la vez erótica y destructiva.


Fennell dialoga con adaptaciones previas, pero introduce resonancias con el melodrama gótico contemporáneo y con su propia filmografía: como en Saltburn, el deseo atraviesa jerarquías de clase; como en Promising Young Woman, el amor se revela campo de violencia simbólica. La referencia a la tradición pictórica romántica inglesa, figuras solitarias en paisajes tormentosos, subraya la continuidad entre imaginario estético y narrativa emocional.


En última instancia, esta versión de “Cumbres borrascosas” propone que el amor romántico no redime ni salva: estructura identidades en torno a dependencia y sacrificio. Fennell despoja la historia de su aura idealizada para mostrarla como laboratorio de poder afectivo. Catherine no muere solo por amar demasiado, sino por amar en un sistema donde el amor femenino es recurso explotable. La película, incómoda y lúcida, transforma el mito romántico en advertencia: cuando el amor exige desaparecer para sostener al otro, ya no es vínculo, sino dominio.


Maricruz Gómez López
Mari Nú


Estreno en la ciudad de México: 12 de febrero de 2026.



#CineYGenero #EmeraldFennell #CumbresBorrascosas


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