Mostrando las entradas con la etiqueta Emerald Fennell. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Emerald Fennell. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de febrero de 2026

Amar hasta borrarse: la economía del deseo en la "Cumbres borrascosas" de Fennell

La relectura del clásico “Cumbres borrascosas” que propone Emerald Fennell se inscribe en una tradición contemporánea de reapropiación de los clásicos desde sensibilidades críticas actuales, en este caso particularmente feminista,  sin renunciar a la densidad trágica del material original. Tras el filo irónico y perturbador de Promising Young Woman (2020) y la estilización barroca de Saltburn (2023), Fennell se acerca a la novela de Emily Brontë no para suavizar en clave romántica, sino para radicalizar su violencia emocional y leerla como una anatomía del amor entendido como estructura de poder. Estrenada en 2026 con recepción dividida, entre quienes celebraron su audacia y quienes resistieron su oscuridad, la película dialoga con debates contemporáneos sobre género, deseo y dominación, convirtiendo la relación entre Catherine y Heathcliff en un campo de fuerzas donde amor y sometimiento se confunden.


Ambientada en los páramos de Yorkshire, la historia sigue la relación obsesiva y autodestructiva entre Catherine Earnshaw y Heathcliff, un vínculo que desafía normas de clase y moralidad hasta fracturar identidades y destinos. Fennell conserva la esencia trágica de la novela: dos sujetos que se perciben como una misma sustancia o alma, pero introduce una lectura donde el amor ya no es destino metafísico sino engranaje social que produce jerarquías afectivas. El conflicto central podría formularse así: una mujer divide su deseo entre pertenecer al orden social que la reconoce y permanecer fiel a la pasión que la desborda, descubriendo que ambas opciones implican pérdida. La premisa se articula con claridad: cuando el amor se basa en posesión y dependencia, inevitablemente deviene destrucción.

Desde el punto de vista formal, Fennell opta por una puesta en escena que traduce estados afectivos en materia visual. La cinematografía privilegia encuadres cerrados y horizontes bajos que aprisionan a los cuerpos contra la tierra y el cielo, sugiriendo que la naturaleza no es libertad sino extensión del conflicto interno. Los interiores de la Granja de los Tordos, propiedad de la familia Linton,, bañados en una luz dorada casi mortuoria, contrastan con los exteriores ventosos de Cumbres Borrascosas, donde la cámara inestable y los tonos fríos inscriben el deseo en lo salvaje. El montaje alterna tiempos y espacios con una lógica de reminiscencia más que de continuidad, produciendo la sensación de que la historia es un recuerdo obsesivo que no cesa de repetirse. La música, cuerdas tensas y respiraciones amplificadas, convierte la intimidad en amenaza, subrayando que el vínculo amoroso es también campo de batalla sensorial.


La construcción del personaje de Catherine se encuentra lejos de la heroína romántica sacrificial, más bien aparece como sujeto escindido entre agencia y la captura simbólica. Aquí merece la pena reflexionar sobre la premisa: el amor, en sociedades patriarcales, funciona como recurso que las mujeres entregan y que los hombres capitalizan para su propia constitución subjetiva. Heathcliff existe, literalmente, a partir de la devoción de Catherine; su identidad se alimenta de esa energía afectiva que ella le provee. Fennell visualiza esta dinámica en escenas donde la mirada de Heathcliff se vuelve dependiente, casi infantil, mientras Catherine se descompone emocionalmente al intentar sostener simultáneamente deseo y respetabilidad social. La película no romantiza esa asimetría: la expone como economía afectiva desigual.


El film dialoga también con una noción de poder como relación productiva más que represiva. El vínculo entre Catherine y Heathcliff se construye mediante prácticas de dominación y sumisión que recuerdan una lectura del sadomasoquismo como dramatización consciente del poder: un juego de roles donde el placer surge de la circulación de control y vulnerabilidad. Fennell sugiere que la pareja se configura precisamente en esa coreografía: Catherine ejerce dominio simbólico al ser el objeto de deseo absoluto; Heathcliff ejerce dominio material al reclamarla como propiedad emocional. La dinámica tiene resonancias BDSM no en clave erótica explícita, sino estructural: ambos negocian identidad a través del sometimiento mutuo. El problema, sugiere la película, es que en el contexto social victoriano patriarcal, esa negociación nunca es simétrica.


Desde otra perspectiva, la adaptación enfatiza la dimensión de clase y alteridad racial implícita en Heathcliff, cuya otredad, no fundamentada en lo étnico en esta versión, intensifica su exclusión social. La relación con Catherine no solo transgrede normas de género, sino fronteras de estatus y pertenencia. Fennell vincula así deseo y colonialidad: Heathcliff es simultáneamente objeto de fascinación y figura abyecta, amado y rechazado por la misma estructura que lo produce como marginal. Catherine, al elegir un matrimonio respetable, internaliza ese orden jerárquico; su tragedia consiste en reconocer demasiado tarde que la movilidad social exige traicionar el vínculo que la define. La violencia no es solo interpersonal: es sistémica.


La película muestra a las mujeres conversando entre sí, pero esas conversaciones orbitan persistentemente alrededor de Heathcliff o del matrimonio, evidenciando que el universo femenino sigue estructurado por la relación con lo masculino. Por otra parte, el personaje de Catherine sufre una transformación, pero ésta está intrínsecamente ligada a la dinámica amorosa. También Fennell no evade la dependencia narrativa; la exhibe como síntoma cultural, pues fracasa deliberadamente pues aunque su enfoque es crítico, sigue organizado por el deseo masculino hacia ella, durante el film.



La película también puede leerse como sueño traumático donde los personajes repiten compulsivamente la escena primordial de separación. Los espacios como: ventanas, puertas, espejos empañados, etcétera, pueden funcionar como umbrales entre deseo y prohibición. Heathcliff encarna la pulsión que retorna; Catherine, el yo dividido entre principio de placer y realidad. La famosa declaración de identidad compartida se transforma aquí en imposibilidad de individuación: amarse equivale a disolverse. El espectador queda situado en posición voyeurística incómoda, cómplice de una intimidad que es a la vez erótica y destructiva.


Fennell dialoga con adaptaciones previas, pero introduce resonancias con el melodrama gótico contemporáneo y con su propia filmografía: como en Saltburn, el deseo atraviesa jerarquías de clase; como en Promising Young Woman, el amor se revela campo de violencia simbólica. La referencia a la tradición pictórica romántica inglesa, figuras solitarias en paisajes tormentosos, subraya la continuidad entre imaginario estético y narrativa emocional.


En última instancia, esta versión de “Cumbres borrascosas” propone que el amor romántico no redime ni salva: estructura identidades en torno a dependencia y sacrificio. Fennell despoja la historia de su aura idealizada para mostrarla como laboratorio de poder afectivo. Catherine no muere solo por amar demasiado, sino por amar en un sistema donde el amor femenino es recurso explotable. La película, incómoda y lúcida, transforma el mito romántico en advertencia: cuando el amor exige desaparecer para sostener al otro, ya no es vínculo, sino dominio.


Maricruz Gómez López
Mari Nú


Estreno en la ciudad de México: 12 de febrero de 2026.



#CineYGenero #EmeraldFennell #CumbresBorrascosas


Amar hasta borrarse: la economía del deseo en la "Cumbres borrascosas" de Fennell

La relectura del clásico “Cumbres borrascosas” que propone Emerald Fennell se inscribe en una tradición contemporánea de reapropiación de lo...