El drag constituye un conjunto de prácticas performativas que producen, exageran, parodian o reconfiguran signos culturales de género como: vestuario, maquillaje, gestualidad, voz entre otros; en contextos escénicos, nocturnos y mediáticos. Así, el drag no se reduce al crossdressing, sino que opera como una tecnología cultural que evidencia el carácter aprendido y socialmente legible del género. Esta comprensión se consolidó en la teoría de la performatividad, donde el drag se emplea como caso paradigmático para mostrar que el género se sostiene en actos reiterados y socialmente reconocidos.
Retomando la frase icónica de Simone de Beauvoir: “no se nace mujer, se llega a serlo”, que busca explicar que las estructuras sociales, basadas en creencias y normas culturales, han creado ideas que promueven las personas sean moldeadas socialmente para cumplir con las exigencias de roles y estereotipos determinados que rigen su expresión de género, entre otros aspectos. La teoría feminista y queer advierte que el drag no implica subversión automática, pues su sentido político depende de condiciones históricas, económicas y situacionales específicas.
La relevancia cultural del drag se observa en su articulación con tradiciones históricas de travestismo escénico en teatro y cabaret, así como con economías de entretenimiento y escenas sexo-disidentes urbanas. En el ámbito académico, el drag se investiga como práctica estética, forma de sociabilidad, trabajo cultural y dispositivo de disputa simbólica en torno a género, sexualidad, clase y nación. En México, particularmente en Ciudad de México, el drag ha adquirido visibilidad por la expansión de circuitos de cabaret y “antros” y por su creciente presencia mediática, fenómeno que ha reconfigurado estéticas, jerarquías internas y condiciones laborales.
Este breve texto propone elaborar un recorrido histórico y cultural del drag que integre antecedentes, desarrollo internacional, evolución en México y la Ciudad de México. Lo anterior a partir de la revisión de documentos como libros, artículos y tesis que retomen el enfoque de los estudios de género, performance studies y la antropología cultural.
De los escenarios antiguos al drag actual: historia de una expresión lúdica del género.
El drag contemporáneo se inscribe en tradiciones escénicas de larga duración asociadas al travestismo teatral. Desde el teatro europeo temprano hasta la pantomima británica, la representación cruzada de género funcionó como recurso narrativo y cómico en contextos donde las mujeres tenían acceso restringido a la escena o donde la inversión de género generaba ambivalencias morales y humorísticas. La pantomima victoriana, por ejemplo, consolidó figuras de feminidad y masculinidad performadas que negociaban risa, deseo y moralidad pública. Este linaje histórico permite comprender el drag como continuidad y transformación de repertorios escénicos previos más que como fenómeno aislado.
Durante el siglo XX, la “female impersonation” en circuitos de variedades y vaudeville consolidó convenciones estéticas de feminidad estilizada que podían ser simultáneamente comerciales y transgresoras, aunque también sujetas a regulaciones morales. La etnografía de Esther Newton sobre “imitadores” en Estados Unidos resultó decisiva para conceptualizar el drag como subcultura con reglas internas, jerarquías estéticas, trayectorias laborales, y para analizar el Camp como un sistema de humor cultivado por las propias drag queens, en el que se desarrolla una sensibilidad cultural basada en exageración, artificio e ironía.
La teoría feminista y queer incorporó el drag como herramienta analítica central. Judith Butler (1990) mostró que la coherencia del género depende de actos reiterados y socialmente sancionados, y utilizó el drag para evidenciar su carácter citacional. Sin embargo, insistió en que el drag no es intrínsecamente subversivo: puede desestabilizar normas, pero también reproducirlas o ser absorbido por el mercado. Esta ambivalencia constituye un principio metodológico para el análisis del drag como fenómeno situado.
La ampliación del campo hacia el drag king desplazó la atención desde la feminidad performada hacia la masculinidad como repertorio cultural susceptible de parodia y crítica. La teoría de la “masculinidad femenina” mostró que la masculinidad también es construcción performativa y no esencia natural. Con ello, el drag dejó de entenderse exclusivamente como feminidad exagerada y pasó a concebirse como un espectro de prácticas que intervienen en múltiples configuraciones de género.
En las últimas décadas, la globalización mediática ha acelerado la circulación del drag y su transición desde escenas subculturales hacia formatos mainstream. Estudios contemporáneos muestran que la visibilidad masiva ha generado profesionalización y nuevas economías culturales, pero también estandarización estética y tensiones entre autenticidad y mercado.
En México, el drag se articula con tradiciones urbanas de cabaret, sátira y nocturnidad. Investigaciones situadas en la Ciudad de México describen el drag como práctica inserta en economías nocturnas con reglas de acceso, repertorios y relaciones específicas con el público, así como como forma de pertenencia queer sostenida en materialidad y memoria.
Diversidad con D de Drag: estilos, escenas y formas de expresión lúdica
La diversidad del drag se entiende más como herramienta descriptiva flexible y no como clasificación rígida. Una primera distinción se basa en el objeto performativo. Por ejemplo, el drag queen enfatiza la construcción de feminidades mediante estilización, glamour o parodia; el drag king trabaja masculinidades como repertorio cultural, revelando códigos de poder; y el drag andrógino o genderfuck combina signos de género para interrumpir la legibilidad binaria. Estas formas de expresión evidencian la citacionalidad del género y su carácter construido.
Por otra parte, derivado de la función escénica y la economía del espectáculo. El drag de cabaret integra dramaturgia, humor y crítica social; el drag de antro o club se organiza en torno a lip-sync y el baile en economías nocturnas; el drag competitivo enfatiza virtuosismo técnico y narrativa de personaje; y el drag digital reconfigura el performance en formato audiovisual reproducible y monetizable. Finalmente, puede distinguirse según orientación sociopolítica: prácticas centradas en pertenencia comunitaria, crítica social o virtuosismo estético, cuyo significado depende siempre del contexto.
El drag como campo de conocimiento: ideas, regiones y desafíos
La investigación académica sobre drag se ha consolidado como campo interdisciplinario. A escala global, destacan tres ejes principales: historia y cultural del travestismo escénico, etnografía de escenas drag y teoría feminista/queer del género performativo. La historia teatral y cultural ha reconstruido genealogías de la representación cruzada, mientras la antropología ha descrito el drag como mundo social con jerarquías y trayectorias. La teoría queer, por su parte, ha utilizado el drag para problematizar la naturalización del género (Butler, 1990) en nuestras sociedades y culturas.
En Estados Unidos, la disponibilidad de archivos y la influencia mediática del drag impulsaron estudios sobre profesionalización, celebridad y mercado cultural. Compilaciones y análisis sociológicos examinan cómo la visibilidad transforma estéticas y trayectorias.
En América Latina, la investigación enfatiza la traducción cultural del drag, es decir, la adaptación de repertorios globales a historias nacionales de teatralidad popular y sociabilidad urbana. Asimismo, se problematizan categorías como drag, transformismo y travestismo como etiquetas en disputa dentro de las escenas.
En México, la investigación es reciente y está concentrada en la Ciudad de México. Actualmente es posible encontrar tesis y artículos desde la UAM Xochimilco y otras instituciones que analizan el performance drag como práctica situada en circuitos nocturnos y como forma de pertenencia queer en cabaret urbano (Salazar Betancourt; Tenorio, 2019). Estudios sobre celebridad drag en reality shows muestran cómo el mainstreaming reconfigura jerarquías internas y economías simbólicas. La aparición de investigaciones sobre drag king en la ciudad de México amplía el campo y confirma la diversificación de prácticas.
Persisten vacíos significativos: falta investigación comparativa entre regiones en México, estudios sobre condiciones laborales y reconstrucción histórica de continuidades entre tradiciones escénicas del siglo XX y escenas actuales.
El drag en México no puede explicarse mediante un momento único de origen, sino como continuidad de prácticas escénicas de inversión de género que convergen con la etiqueta contemporánea “drag” en diálogo con circuitos transnacionales. Estudios sobre espectáculo travesti en antros mexicanos documentan dinámicas de nocturnidad y sociabilidad que anteceden al uso actual del término.
En la ciudad de México, el drag se organiza como espacio de sociabilidad y trabajo cultural. Se ha observado que la vida nocturna constituye infraestructura social que condiciona seguridad, movilidad y legitimidad interna. El cabaret urbano aporta una tradición de sátira y comentario social que dialoga con el drag local, explicando la presencia de monólogos, conducción y dramaturgia en ciertos circuitos.
El análisis del drag cabaret como pertenencia queer sugiere que el performance funciona como archivo material y afectivo, donde objetos, música y memoria producen comunidad. Esta perspectiva desplaza la lectura del drag como entretenimiento hacia su dimensión sociocultural y afectiva.
El mainstreaming mediático ha introducido nuevas tensiones. Estudios sobre reality shows drag en México muestran que la visibilidad masiva redefine estándares estéticos, intensifica el branding y reorganiza jerarquías de reconocimiento. Ello modifica aspiraciones y economías simbólicas dentro de las escenas locales.
Las características culturales del drag mexicano, particularmente en la ciudad de México, incluyen hibridación estética entre cabaret y formatos mediáticos, centralidad de la noche como infraestructura social y producción de pertenencia mediante memoria y materialidad. No obstante, no es posible afirmar que esto es general, ya que no existen estudios regionales, ni nacionales concluyentes.
La presencia de investigaciones sobre drag king en la ciudad de México confirma la diversificación del campo y el interés por prácticas performativas relacionadas con el género, ampliando la comprensión del drag más allá de la feminidad estilizada.
El drag como cultura viva: aportes y horizontes
El drag constituye una práctica performativa que evidencia el carácter construido del género al mostrar que la coherencia de lo masculino y lo femenino depende de repertorios reiterados y socialmente reconocidos. Su valor analítico radica en revelar la citacionalidad del género y sus posibilidades de resignificación, sin asumir subversión automática.
La investigación confirma que el drag es un fenómeno situado, dependiente de las prácticas que organizan estéticas, trayectorias y significados. En México y especialmente en la ciudad de México, el drag se articula con vida nocturna urbana y tradiciones de cabaret, funcionando en ciertos circuitos como archivo afectivo comunitario.
El mainstreaming contemporáneo aparece como proceso ambivalente: amplía visibilidad y profesionalización, pero también introduce lógicas de mercado y estandarización estética. La inclusión del drag king amplía el campo y enfatiza la masculinidad como construcción performativa, abriendo nuevas agendas de investigación en México.
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