martes, 3 de marzo de 2026

“La virgen de la tosquera” (2025): el coming-of-age “incómodo” de Laura Casabé.

 

En La virgen de la tosquera, Laura Casabé transforma el verano adolescente en un territorio político donde el verdadero rito de iniciación no es el amor, ni la magia. Ambientada en la Argentina noventera, la película retrata a Natalia y su círculo de amigas atrapadas en una competencia silenciosa por ser elegidas, mientras descubren que el deseo no es libre: está organizado por jerarquías sociales. Lejos de ofrecer redención o venganza espectacular, el film apuesta por una revelación más incómoda: crecer es comprender que no controlamos el mundo, pero sí podemos mirarlo críticamente y reconocer la estructura que nos asigna un lugar.

Hay adolescencias que se narran como promesa; otras, como revelación amarga. En “La virgen de la tosquera” (Argentina-México, 2025), Laura Casabé elige la segunda vía y construye un coming-of-age donde el verdadero despertar no es sexual, ni mágico, sino político.  Este film es una adaptación libre de dos relatos de Mariana Enríquez (“La virgen de la tosquera” y “El carrito”) y el guión es de la autoría de Benjamín Naishtat hilvana fino ambas historias. La película desplaza el horror de lo sobrenatural hacia la estructura misma del deseo. Lo inquietante no es que una joven crea poseer poderes; lo inquietante es descubrir que el mundo ya está organizado por fuerzas que el pensamiento mágico no puede alterar.


La historia sigue a Natalia (Dolores Oliverio), adolescente que vive con su abuela en un barrio de la periferia argentina en la década de los noventa, quizá el contexto histórico en el que la cineasta vivió su adolescencia. En esta nos ubica de manera inequívoca el diseño de producción de Marina Raggio y la dirección de arte de Soledad Guerrero, con detalles como:  las computadoras personales, los ciber cafés, el programa ¡Hola Susana!, las camisetas de tirantes delgados, los jeans baggy deslavados y sin duda, el tattoo choker de la protagonista.


En ese contexto, la vida de Natalia transcurre entre amistades ambiguas, chats de ICQ y la competencia silenciosa por la atención de Diego (Agustín Sosa), el vecino cuya elección funciona como trofeo simbólico. Cuando un accidente fortuito le da indicios a la adolescente de que puede alterar la realidad, ella comienza a entrelazar rituales y deseos, convencida de que el amor y la magia, podrían reorganizar su posición en el mundo. Sin embargo, el conflicto central no es si sus poderes existen, sino qué fuerzas sociales determinan quién vale, quién es visible y quién puede ser descartado.


Una pregunta inevitable surge: ¿cómo filma Casabé el deseo adolescente? La película parte de un dispositivo clásico: chicas que durante sus vacaciones de verano viven diferentes aventuras y todas desean ser elegidas por un varón, quien prefiere a otra mujer, pero se distancia de la economía visual tradicional. La cámara se rehúsa a convertir a Natalia, Josefina (Isabel Bracamonte) y Mariela (Candela Flores), en objetos eróticos. No hay insistencia en la exhibición complaciente, ni la objetivización de las corporalidades. Por el contrario, la imagen se adhiere a su campo perceptivo: planos a la altura de la mirada de Natalia, encuadres desde la nuca, pieles sudorosas en transición, silencios que pesan más que las palabras. El placer visual no se organiza en torno al espectáculo del cuerpo femenino, sino en torno a la experiencia de habitarlo y ese es un giro sutil y a la vez relevante.


Esto no significa que la mirada masculina desaparezca; significa que se vuelve objeto de análisis. El deseo de Natalia está estructurado por la expectativa de ser vista y validada por Diego. El varón, más que personaje complejo, funciona como eje organizador del capital simbólico del grupo. La línea proveniente del cuento homónimo: “queríamos que Diego nos eligiera”, sintetiza el dispositivo patriarcal: la elección masculina produce jerarquía femenina. La película interrumpe el placer visual tradicional al mostrar la incomodidad que genera esa lógica. La identificación de quien mira no se construye para gozar con la competencia, sino para experimentar lo desagradable de la situación. Casabé no ofrece la gratificación de la conquista; ofrece la experiencia de la espera y la frustración.


En esta versión no solo representa feminidad y masculinidad: las produce como posiciones dentro de un sistema de valor. La feminidad aparece ligada a la deseabilidad, al capital erótico, a la capacidad de ser elegida. La masculinidad, en cambio, opera como instancia evaluadora, capaz de generar conflicto, violencia horizontal y malestar con el propio cuerpo. El poder de Diego reside en la mirada que se le atribuye. Así, la película evidencia cómo el género no es esencia, sino efecto discursivo de un orden heterosexual jerárquico.


La rivalidad entre Natalia y Silvia (Fernanda Echevarría), condensa esta operación. Silvia encarna una feminidad validada: mayor en edad, experiencia, recursos económicos y autonomía. No es villana; es síntoma. Su posición revela que el sistema premia ciertos atributos y excluye otros. La violencia entre las chicas no surge de la maldad individual, sino de una estructura que convierte el deseo masculino en recurso escaso. La película no moraliza la competencia; la expone como consecuencia estructural. El silencio que atraviesa muchas escenas, miradas sostenidas o gestos mínimos, funciona como indicio de una guerra íntima que ni Natalia, Jose o Mari, han elegido del todo.


El cruce con el relato de “El carrito” amplía la lectura hacia la violencia de clase. El “ritual” de quemar el carrito y la agresión al “villero” muestran la lógica sacrificial de la comunidad: expulsar al más vulnerable para sostener una ilusión de ser muy diferente a ese “otro”, en esencia, terminar con todas las desgracias que no se miran como efecto del contexto, sino centralizar la responsabilidad en la presencia del “cartonero” y su medio de sobrevivencia. Aquí la violencia se presenta como gesto colectivo casi naturalizado. La cámara no glorifica el acto, tampoco lo dramatiza con énfasis moral. Lo muestra como parte de un ecosistema social donde la exclusión es al mismo tiempo una forma de sobrevivir.


En los relatos de Enriquez la violencia es horizontal y simbólica: humillaciones, rivalidades y silencios cómplices. Sin embargo, está imbricada con la violencia estructural. En la película de Casabe la precarización, la desigualdad creciente y la pérdida de horizonte, produce sujetos marginales. Así, en conjunto, la directora retoma de “El carrito”, el excedente sintetizado en el personaje del “villero”, persona pobre que sobrevive de recolectar y vender residuos; y de “La virgen de la tosquera”, la fragilidad de solidaridad femenina. El contexto político, económico y social en el que se cuenta la historia en el film permite confirmar que la exclusión se traduce en competencia y agresión.


La presencia de Kechu, niño hijo de la trabajadora del hogar de la abuela de Natalia, personaje que alude a una situación migratoria interna, introduce otra capa: las infancias desplazadas, las familias fragmentadas, la amenaza latente de abuso. La sospecha sobre su tío nunca se convierte en espectáculo, pero instala el temor y la desconfianza. La violencia aparece como posibilidad constante, no como evento excepcional. Esta decisión evita la explotación visual del daño y coloca el foco en la vulnerabilidad estructural de las infancias.


En comparación con relatos como “Carrie” (1974), de Brian De Palma, donde la humillación desemboca en una venganza espectacular, Casabé opta por la melancolía. No hay catarsis, ni redención punitiva. La agencia femenina es ambigua: las adolescentes toman decisiones —incluso pagan por su iniciación sexual—, pero esas decisiones ocurren dentro del mismo orden que las clasifica. La autonomía no rompe la estructura; la tensiona.


El guión privilegia el clima sobre la intriga. El ritmo moroso, la textura noventera, los sonidos ambientales, obra de la terna compuesta por Yasmina Praderas Ramírez, Laia Picón y Javier Alejandro Ruiz, crean un verano donde el tiempo parece estancado. Esa suspensión refuerza la sensación de falta de futuro. La dirección de arte no es nostalgia decorativa; es un contexto histórico. 


En este film la precarización juvenil, la informalidad estructural y la cultura digital de comparación reproducen dinámicas similares a las actuales: el cuerpo como capital, la validación masculina como recurso simbólico, la normalización de la violencia. La película no formula tesis sociológicas, pero su estructura dramática sugiere que la desigualdad produce sujetos descartables y vínculos erosionados.


El mayor logro de Casabé radica en su lucidez incómoda. No idealiza la sororidad, ni demoniza a sus personajes. Reconoce que la competencia puede ser el resultado de un sistema que restringe los recursos disponibles. Tampoco romantiza la magia: el pensamiento mágico de Natalia es metáfora de una necesidad universal en contextos de exclusión. Creer que algo puede cambiar, cuando nada parece hacerlo.


Como limitación, puede señalarse que la ambigüedad deliberada deja algunos conflictos en estado latente. Quien espere resolución narrativa contundente puede sentir insatisfacción. Sin embargo, esa falta de épica es coherente con la tesis central: crecer es aceptar el límite del deseo.


“La virgen de la tosquera” no es un relato de iniciación complaciente, sino una exploración rigurosa de cómo el patriarcado y la desigualdad social modelan la subjetividad adolescente en un contexto determinado. Su relevancia cultural radica en mostrar que la violencia unas veces estalla; mientras que otras, se infiltra en la forma en que miramos, competimos y nos valoramos.


Es una película especialmente pertinente para quienes se interesan en las propuestas de cine latinoamericano contemporáneo y narrativas sobre juventud en contextos precarizados. Pero también interpela a cualquier público dispuesto a confrontar una verdad incómoda: cuando una comunidad legitima la jerarquización de ciertos cuerpos como menos valiosos, termina reproduciendo esa lógica en todos sus vínculos. Y ese aprendizaje, más que la magia, es el verdadero rito de paso.


Maricruz Gómez




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#CineLatinoamericano
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#JuventudYDesigualdad
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miércoles, 18 de febrero de 2026

El arte del drag: identidad (es) y comunidad en México contemporáneo.

 El drag constituye un conjunto de prácticas performativas que producen, exageran, parodian o reconfiguran signos culturales de género como: vestuario, maquillaje, gestualidad, voz entre otros; en contextos escénicos, nocturnos y mediáticos. Así, el drag no se reduce al crossdressing, sino que opera como una tecnología cultural que evidencia el carácter aprendido y socialmente legible del género. Esta comprensión se consolidó en la teoría de la performatividad, donde el drag se emplea como caso paradigmático para mostrar que el género se sostiene en actos reiterados y socialmente reconocidos.


Retomando la frase icónica de Simone de Beauvoir: “no se nace mujer, se llega a serlo”, que busca explicar que las estructuras sociales, basadas en creencias y normas culturales, han creado ideas que promueven las personas sean moldeadas socialmente para cumplir con las exigencias de roles y estereotipos determinados que rigen su expresión de género, entre otros aspectos. La teoría feminista y queer advierte que el drag no implica subversión automática, pues su sentido político depende de condiciones históricas, económicas y situacionales específicas.


La relevancia cultural del drag se observa en su articulación con tradiciones históricas de travestismo escénico en teatro y cabaret, así como con economías de entretenimiento y escenas sexo-disidentes urbanas. En el ámbito académico, el drag se investiga como práctica estética, forma de sociabilidad, trabajo cultural y dispositivo de disputa simbólica en torno a género, sexualidad, clase y nación. En México, particularmente en Ciudad de México, el drag ha adquirido visibilidad por la expansión de circuitos de cabaret y “antros” y por su creciente presencia mediática, fenómeno que ha reconfigurado estéticas, jerarquías internas y condiciones laborales.


Este breve texto propone elaborar un recorrido histórico y cultural del drag que integre antecedentes, desarrollo internacional, evolución en México y la Ciudad de México. Lo anterior a partir de la revisión de documentos como libros, artículos y tesis que retomen el enfoque de los estudios de género, performance studies y la antropología cultural.



De los escenarios antiguos al drag actual: historia de una expresión lúdica del género.


El drag contemporáneo se inscribe en tradiciones escénicas de larga duración asociadas al travestismo teatral. Desde el teatro europeo temprano hasta la pantomima británica, la representación cruzada de género funcionó como recurso narrativo y cómico en contextos donde las mujeres tenían acceso restringido a la escena o donde la inversión de género generaba ambivalencias morales y humorísticas. La pantomima victoriana, por ejemplo, consolidó figuras de feminidad y masculinidad performadas que negociaban risa, deseo y moralidad pública. Este linaje histórico permite comprender el drag como continuidad y transformación de repertorios escénicos previos más que como fenómeno aislado.


Durante el siglo XX, la “female impersonation” en circuitos de variedades y vaudeville consolidó convenciones estéticas de feminidad estilizada que podían ser simultáneamente comerciales y transgresoras, aunque también sujetas a regulaciones morales. La etnografía de Esther Newton sobre “imitadores” en Estados Unidos resultó decisiva para conceptualizar el drag como subcultura con reglas internas, jerarquías estéticas, trayectorias laborales, y para analizar el Camp como un sistema de humor cultivado por las propias drag queens, en el que se desarrolla una sensibilidad cultural basada en exageración, artificio e ironía.


La teoría feminista y queer incorporó el drag como herramienta analítica central. Judith Butler (1990) mostró que la coherencia del género depende de actos reiterados y socialmente sancionados, y utilizó el drag para evidenciar su carácter citacional. Sin embargo, insistió en que el drag no es intrínsecamente subversivo: puede desestabilizar normas, pero también reproducirlas o ser absorbido por el mercado. Esta ambivalencia constituye un principio metodológico para el análisis del drag como fenómeno situado.


La ampliación del campo hacia el drag king desplazó la atención desde la feminidad performada hacia la masculinidad como repertorio cultural susceptible de parodia y crítica. La teoría de la “masculinidad femenina” mostró que la masculinidad también es construcción performativa y no esencia natural. Con ello, el drag dejó de entenderse exclusivamente como feminidad exagerada y pasó a concebirse como un espectro de prácticas que intervienen en múltiples configuraciones de género.


En las últimas décadas, la globalización mediática ha acelerado la circulación del drag y su transición desde escenas subculturales hacia formatos mainstream. Estudios contemporáneos muestran que la visibilidad masiva ha generado profesionalización y nuevas economías culturales, pero también estandarización estética y tensiones entre autenticidad y mercado.


En México, el drag se articula con tradiciones urbanas de cabaret, sátira y nocturnidad. Investigaciones situadas en la Ciudad de México describen el drag como práctica inserta en economías nocturnas con reglas de acceso, repertorios y relaciones específicas con el público, así como como forma de pertenencia queer sostenida en materialidad y memoria.


Diversidad con D de Drag: estilos, escenas y formas de expresión lúdica


La diversidad del drag se entiende más como herramienta descriptiva flexible y no como clasificación rígida. Una primera distinción se basa en el objeto performativo. Por ejemplo, el drag queen enfatiza la construcción de feminidades mediante estilización, glamour o parodia; el drag king trabaja masculinidades como repertorio cultural, revelando códigos de poder; y el drag andrógino o genderfuck combina signos de género para interrumpir la legibilidad binaria. Estas formas de expresión evidencian la citacionalidad del género y su carácter construido.


Por otra parte, derivado de la función escénica y la economía del espectáculo. El drag de cabaret integra dramaturgia, humor y crítica social; el drag de antro o club se organiza en torno a lip-sync y el baile en economías nocturnas; el drag competitivo enfatiza virtuosismo técnico y narrativa de personaje; y el drag digital reconfigura el performance en formato audiovisual reproducible y monetizable. Finalmente, puede distinguirse según orientación sociopolítica: prácticas centradas en pertenencia comunitaria, crítica social o virtuosismo estético, cuyo significado depende siempre del contexto.


El drag como campo de conocimiento: ideas, regiones y desafíos


La investigación académica sobre drag se ha consolidado como campo interdisciplinario. A escala global, destacan tres ejes principales: historia y cultural del travestismo escénico, etnografía de escenas drag y teoría feminista/queer del género performativo. La historia teatral y cultural ha reconstruido genealogías de la representación cruzada, mientras la antropología ha descrito el drag como mundo social con jerarquías y trayectorias. La teoría queer, por su parte, ha utilizado el drag para problematizar la naturalización del género (Butler, 1990) en nuestras sociedades y culturas.


En Estados Unidos, la disponibilidad de archivos y la influencia mediática del drag impulsaron estudios sobre profesionalización, celebridad y mercado cultural. Compilaciones y análisis sociológicos examinan cómo la visibilidad transforma estéticas y trayectorias.


En América Latina, la investigación enfatiza la traducción cultural del drag, es decir, la adaptación de repertorios globales a historias nacionales de teatralidad popular y sociabilidad urbana. Asimismo, se problematizan categorías como drag, transformismo y travestismo como etiquetas en disputa dentro de las escenas.


En México, la investigación es reciente y está concentrada en la Ciudad de México. Actualmente es posible encontrar tesis y artículos desde la UAM Xochimilco y otras instituciones que analizan el performance drag como práctica situada en circuitos nocturnos y como forma de pertenencia queer en cabaret urbano (Salazar Betancourt; Tenorio, 2019). Estudios sobre celebridad drag en reality shows muestran cómo el mainstreaming reconfigura jerarquías internas y economías simbólicas. La aparición de investigaciones sobre drag king en la ciudad de México amplía el campo y confirma la diversificación de prácticas.


Persisten vacíos significativos: falta investigación comparativa entre regiones en México, estudios sobre condiciones laborales y reconstrucción histórica de continuidades entre tradiciones escénicas del siglo XX y escenas actuales.


El drag en México no puede explicarse mediante un momento único de origen, sino como continuidad de prácticas escénicas de inversión de género que convergen con la etiqueta contemporánea “drag” en diálogo con circuitos transnacionales. Estudios sobre espectáculo travesti en antros mexicanos documentan dinámicas de nocturnidad y sociabilidad que anteceden al uso actual del término.


En la ciudad de México, el drag se organiza como espacio de sociabilidad y trabajo cultural. Se ha observado que la vida nocturna constituye infraestructura social que condiciona seguridad, movilidad y legitimidad interna. El cabaret urbano aporta una tradición de sátira y comentario social que dialoga con el drag local, explicando la presencia de monólogos, conducción y dramaturgia en ciertos circuitos.


El análisis del drag cabaret como pertenencia queer sugiere que el performance funciona como archivo material y afectivo, donde objetos, música y memoria producen comunidad. Esta perspectiva desplaza la lectura del drag como entretenimiento hacia su dimensión sociocultural y afectiva.


El mainstreaming mediático ha introducido nuevas tensiones. Estudios sobre reality shows drag en México muestran que la visibilidad masiva redefine estándares estéticos, intensifica el branding y reorganiza jerarquías de reconocimiento. Ello modifica aspiraciones y economías simbólicas dentro de las escenas locales.


Las características culturales del drag mexicano, particularmente en la ciudad de México, incluyen hibridación estética entre cabaret y formatos mediáticos, centralidad de la noche como infraestructura social y producción de pertenencia mediante memoria y materialidad. No obstante, no es posible afirmar que esto es general, ya que no existen estudios regionales, ni nacionales concluyentes.


La presencia de investigaciones sobre drag king en la ciudad de México confirma la diversificación del campo y el interés por prácticas performativas relacionadas con el género, ampliando la comprensión del drag más allá de la feminidad estilizada.


El drag como cultura viva: aportes y horizontes


El drag constituye una práctica performativa que evidencia el carácter construido del género al mostrar que la coherencia de lo masculino y lo femenino depende de repertorios reiterados y socialmente reconocidos. Su valor analítico radica en revelar la citacionalidad del género y sus posibilidades de resignificación, sin asumir subversión automática.


La investigación confirma que el drag es un fenómeno situado, dependiente de las prácticas que organizan estéticas, trayectorias y significados. En México y especialmente en la ciudad de México, el drag se articula con vida nocturna urbana y tradiciones de cabaret, funcionando en ciertos circuitos como archivo afectivo comunitario.


El mainstreaming contemporáneo aparece como proceso ambivalente: amplía visibilidad y profesionalización, pero también introduce lógicas de mercado y estandarización estética. La inclusión del drag king amplía el campo y enfatiza la masculinidad como construcción performativa, abriendo nuevas agendas de investigación en México.





Bibliografía


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lunes, 16 de febrero de 2026

Amar hasta borrarse: la economía del deseo en la "Cumbres borrascosas" de Fennell

La relectura del clásico “Cumbres borrascosas” que propone Emerald Fennell se inscribe en una tradición contemporánea de reapropiación de los clásicos desde sensibilidades críticas actuales, en este caso particularmente feminista,  sin renunciar a la densidad trágica del material original. Tras el filo irónico y perturbador de Promising Young Woman (2020) y la estilización barroca de Saltburn (2023), Fennell se acerca a la novela de Emily Brontë no para suavizar en clave romántica, sino para radicalizar su violencia emocional y leerla como una anatomía del amor entendido como estructura de poder. Estrenada en 2026 con recepción dividida, entre quienes celebraron su audacia y quienes resistieron su oscuridad, la película dialoga con debates contemporáneos sobre género, deseo y dominación, convirtiendo la relación entre Catherine y Heathcliff en un campo de fuerzas donde amor y sometimiento se confunden.


Ambientada en los páramos de Yorkshire, la historia sigue la relación obsesiva y autodestructiva entre Catherine Earnshaw y Heathcliff, un vínculo que desafía normas de clase y moralidad hasta fracturar identidades y destinos. Fennell conserva la esencia trágica de la novela: dos sujetos que se perciben como una misma sustancia o alma, pero introduce una lectura donde el amor ya no es destino metafísico sino engranaje social que produce jerarquías afectivas. El conflicto central podría formularse así: una mujer divide su deseo entre pertenecer al orden social que la reconoce y permanecer fiel a la pasión que la desborda, descubriendo que ambas opciones implican pérdida. La premisa se articula con claridad: cuando el amor se basa en posesión y dependencia, inevitablemente deviene destrucción.

Desde el punto de vista formal, Fennell opta por una puesta en escena que traduce estados afectivos en materia visual. La cinematografía privilegia encuadres cerrados y horizontes bajos que aprisionan a los cuerpos contra la tierra y el cielo, sugiriendo que la naturaleza no es libertad sino extensión del conflicto interno. Los interiores de la Granja de los Tordos, propiedad de la familia Linton,, bañados en una luz dorada casi mortuoria, contrastan con los exteriores ventosos de Cumbres Borrascosas, donde la cámara inestable y los tonos fríos inscriben el deseo en lo salvaje. El montaje alterna tiempos y espacios con una lógica de reminiscencia más que de continuidad, produciendo la sensación de que la historia es un recuerdo obsesivo que no cesa de repetirse. La música, cuerdas tensas y respiraciones amplificadas, convierte la intimidad en amenaza, subrayando que el vínculo amoroso es también campo de batalla sensorial.


La construcción del personaje de Catherine se encuentra lejos de la heroína romántica sacrificial, más bien aparece como sujeto escindido entre agencia y la captura simbólica. Aquí merece la pena reflexionar sobre la premisa: el amor, en sociedades patriarcales, funciona como recurso que las mujeres entregan y que los hombres capitalizan para su propia constitución subjetiva. Heathcliff existe, literalmente, a partir de la devoción de Catherine; su identidad se alimenta de esa energía afectiva que ella le provee. Fennell visualiza esta dinámica en escenas donde la mirada de Heathcliff se vuelve dependiente, casi infantil, mientras Catherine se descompone emocionalmente al intentar sostener simultáneamente deseo y respetabilidad social. La película no romantiza esa asimetría: la expone como economía afectiva desigual.


El film dialoga también con una noción de poder como relación productiva más que represiva. El vínculo entre Catherine y Heathcliff se construye mediante prácticas de dominación y sumisión que recuerdan una lectura del sadomasoquismo como dramatización consciente del poder: un juego de roles donde el placer surge de la circulación de control y vulnerabilidad. Fennell sugiere que la pareja se configura precisamente en esa coreografía: Catherine ejerce dominio simbólico al ser el objeto de deseo absoluto; Heathcliff ejerce dominio material al reclamarla como propiedad emocional. La dinámica tiene resonancias BDSM no en clave erótica explícita, sino estructural: ambos negocian identidad a través del sometimiento mutuo. El problema, sugiere la película, es que en el contexto social victoriano patriarcal, esa negociación nunca es simétrica.


Desde otra perspectiva, la adaptación enfatiza la dimensión de clase y alteridad racial implícita en Heathcliff, cuya otredad, no fundamentada en lo étnico en esta versión, intensifica su exclusión social. La relación con Catherine no solo transgrede normas de género, sino fronteras de estatus y pertenencia. Fennell vincula así deseo y colonialidad: Heathcliff es simultáneamente objeto de fascinación y figura abyecta, amado y rechazado por la misma estructura que lo produce como marginal. Catherine, al elegir un matrimonio respetable, internaliza ese orden jerárquico; su tragedia consiste en reconocer demasiado tarde que la movilidad social exige traicionar el vínculo que la define. La violencia no es solo interpersonal: es sistémica.


La película muestra a las mujeres conversando entre sí, pero esas conversaciones orbitan persistentemente alrededor de Heathcliff o del matrimonio, evidenciando que el universo femenino sigue estructurado por la relación con lo masculino. Por otra parte, el personaje de Catherine sufre una transformación, pero ésta está intrínsecamente ligada a la dinámica amorosa. También Fennell no evade la dependencia narrativa; la exhibe como síntoma cultural, pues fracasa deliberadamente pues aunque su enfoque es crítico, sigue organizado por el deseo masculino hacia ella, durante el film.



La película también puede leerse como sueño traumático donde los personajes repiten compulsivamente la escena primordial de separación. Los espacios como: ventanas, puertas, espejos empañados, etcétera, pueden funcionar como umbrales entre deseo y prohibición. Heathcliff encarna la pulsión que retorna; Catherine, el yo dividido entre principio de placer y realidad. La famosa declaración de identidad compartida se transforma aquí en imposibilidad de individuación: amarse equivale a disolverse. El espectador queda situado en posición voyeurística incómoda, cómplice de una intimidad que es a la vez erótica y destructiva.


Fennell dialoga con adaptaciones previas, pero introduce resonancias con el melodrama gótico contemporáneo y con su propia filmografía: como en Saltburn, el deseo atraviesa jerarquías de clase; como en Promising Young Woman, el amor se revela campo de violencia simbólica. La referencia a la tradición pictórica romántica inglesa, figuras solitarias en paisajes tormentosos, subraya la continuidad entre imaginario estético y narrativa emocional.


En última instancia, esta versión de “Cumbres borrascosas” propone que el amor romántico no redime ni salva: estructura identidades en torno a dependencia y sacrificio. Fennell despoja la historia de su aura idealizada para mostrarla como laboratorio de poder afectivo. Catherine no muere solo por amar demasiado, sino por amar en un sistema donde el amor femenino es recurso explotable. La película, incómoda y lúcida, transforma el mito romántico en advertencia: cuando el amor exige desaparecer para sostener al otro, ya no es vínculo, sino dominio.


Maricruz Gómez López
Mari Nú


Estreno en la ciudad de México: 12 de febrero de 2026.



#CineYGenero #EmeraldFennell #CumbresBorrascosas


martes, 13 de enero de 2026

"O Agente Secreto" de Kleber Mendonça Filho (Brasil, 2025)

“El Agente Secreto” (Brasil, 2025), es una película pensada desde la memoria corporal y la fatiga histórica. No solo en su puesta en escena, sino también en la elección de su protagonista. Por primera vez en su carrera, Kleber Mendonça Filho, escribió un personaje imaginando un cuerpo específico: el de Wagner Moura. Esa decisión no es menor. Marca un punto de convergencia entre dos trayectorias políticas y artísticas que llevan años dialogando con el poder, la violencia y la memoria.
Moura interpreta a Marcelo, un “agente” atípico: no violento y sin arma. Un hombre que huye y respira dentro de un sistema que ya aprendió a funcionar sin mostrar abiertamente su brutalidad. Esta actuación se sostiene en silencios, miradas y un cuerpo que muestra fatiga y hartazgo. Lejos del grito autoritario del Capitán Nascimento en “Tropa de Elite” (Brasil, 2007), Marcelo, encarna el reverso del poder: sus consecuencias íntimas, su desgaste y su miedo. Moura encarna la vulnerabilidad de una época.
La trayectoria de Moura, vista en conjunto, dibuja un arco: del ejecutor del orden, al fugitivo silencioso. Ese desplazamiento se vuelve explícitamente político cuando dirige “Marighella” (Brasil, 2019), donde asume la memoria de la resistencia brasileña en un contexto contemporáneo hostil. “El Agente Secreto” recoge esa conciencia y la depura: ya no se trata de confrontar al poder, sino de mostrar lo que deja en los cuerpos cuando se normaliza la violencia.

(Crédito desconocido)
Por otra parte, en la filmografía de Mendonça Filho, la película se ubica como un cruce decisivo entre el thriller político, el cine de archivo y la memoria. “El Agente Secreto” filma la dictadura como pedagogía cotidiana: humos, ruidos, burocracia, indiferencia y omisiones. Aquí la violencia no estalla; se respira. El filme dialoga directamente con “Retratos fantasmas” (Brasil, 2023): el archivo ya no es sólo memoria, sino un dispositivo narrativo que conecta el pasado con el presente, demostrando que el primero no se fue, solo aprendió a caminar entre nosotrxs.
También aborda la memoria individual de Mendonça, ya que 1977 es el primer año que recuerda con nitidez y la película se desarrolla en Recife (Pernambuco, Brasil), en donde nació. El guión recupera y nace de los recuerdos y el archivo. De evocar a su madre quien fue historiadora.
Tanto Moura como Mendonça sostienen una postura política clara: el autoritarismo no siempre se impone por la fuerza visible, sino por la costumbre, el silencio y la administración del miedo. Su cine no sermonea; incomoda. No ofrece consuelo; ofrece conciencia. En tiempos donde la violencia vuelve a normalizarse bajo nuevas retóricas de orden, “El Agente Secreto” insiste en una pregunta: Si el cine puede activar el pasado como si acabara de ocurrir… ¿Qué formas de violencia del presente estamos aceptando ya como “normales” sin siquiera nombrarlas?
MariNú



“La virgen de la tosquera” (2025): el coming-of-age “incómodo” de Laura Casabé.

  En La virgen de la tosquera , Laura Casabé transforma el verano adolescente en un territorio político donde el verdadero rito de iniciació...